“Perseidas”, nueva ciencia ficción ecuatoriana

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Portada del libro “Perseidas, nueva ciencia ficción ecuatoriana” (Cactus Pink, Quito-Ecuador, 2020), antología coordinada por Santiago Peña Bossano, con prólogo de Iván Rodrigo Mendizábal.

Nace un nuevo libro de escritores nóveles ecuatorianos en el terreno de la ciencia ficción. O, mejor dicho, de la fabulosa e impresionante lluvia de meteoritos de las Perseidas, se siembran en la Tierra los nuevos relatos con inspiración de las estrellas, que copan unas páginas, acaso misteriosas, acaso inquietantes, acaso fascinantes que ahora tiene en manos el lector. La editorial Cactus Pink, las presenta con el título de Perseidas: nuevo cuento ecuatoriano de ciencia ficción.

Se trata de un conjunto de cuentos, 11 en total, escritos al calor de los talleres de escritura creativa de ciencia ficción, por hombres y mujeres que se han adentrado a los linderos de la ciencia ficción. Escribir ciencia ficción es harto desafiante y, en Ecuador, algo que cada vez más cautiva, sobre todo a las nuevas generaciones. Los autores de este libro son asimismo nuevos y han sido tocados por el brillo de las estrellas, del cosmos, de la noche luminosa al calor de las lecturas –suponemos e intuimos– de: Isaac Asimov, Kurt Vonnegut, Robert Heinlein, Arthur C. Clark, Ray Bradbury, H.G. Wells, Stanislaw Lem…, además de otros, como Joseph Conrad e inclusive Antón Chéjov. Los cuentos de este libro les hacen honor, pero, a la par, fundan propios caminos, estilos y mensajes.

La ciencia ficción es un género que requiere observación y también manejo de lenguaje capaz de crear algún tipo de mundo posible, comúnmente relacionado a un tiempo futuro –aunque esto no es necesariamente una regla– que lleve a que el lector se haga preguntas sobre su naturaleza, sus condiciones, sus limitaciones, siendo tales preguntas las mismas que uno se haría al pensar la realidad contemporánea. La estrategia es lo que se denomina el distanciamiento cognitivo cuya finalidad es poner de manifiesto el novum, una cosa nueva que no se había visto en la realidad, esta determinada ya sea por la ciencia y la tecnología. Lo que manifiesto ya fue postulado por el estudioso croata Darko Suvin en su Metamorphoses of Science Fiction: On the Poetics and History of a Literary Genre (1979). Lo que importa de este hecho es que la ciencia ficción, aunque se pretenda realista, nos debe inquietar, no por su fantasía, sino por hacernos ver rasgos nuevos de nuestra interacción, constante y permanente con eso que caracteriza a la modernidad: el desarrollo tecnocientífico.

Lo que leemos en el presente volumen es un conjunto de historias que suspenden nuestra percepción de la realidad y nos llevan a puntos hasta cierto punto extremos, además de inquietarnos. Eso es un rasgo interesante de lo publicado acá. Lo que percibimos, en este sentido, son preocupaciones, son miradas, son preguntas sobre lo que podría ser el futuro, o lo que es el presente visto de una representación de futuro. Entonces, lo que aparece de manifiesto es cómo los autores observan el mundo y son capaces, vía la poética del lenguaje, de llevarnos a pensar nuestro devenir. Para hacerlo, se percibe, los escritores han debido hurgar, sin ser necesariamente científicos o algo que se parezca, las arcas del conocimiento sobre ciencia, tecnología y, a la par, los elementos que son tópicos en la ciencia ficción. De este modo, tenemos historias sobre viajes en el tiempo, sobre mundos paralelos e interdimensionales, portales que se abren y se cierran para encontrar culturas o seres distintos o parecidos a nosotros, implantes tecnológicos, viajes interplanetarios, cuestiones sobre bombas o sobre investigaciones científicas con la fisión nuclear, tentativas de superar la muerte, llegando así a bordear la inmortalidad, los androides y los ciborgs, los ya conocidos platillos voladores… Del conjunto, nos damos cuenta que hay una sensación: el futuro para la ciencia ficción ecuatoriana prosigue, no es tan apocalíptico, al contrario, es el resultado, inquietante o no, con aciertos o desaciertos, del trabajo de los seres humanos que creen dominar la naturaleza, que se erigen como propios dioses, dueños de sus propias decisiones y destinos.

Asimov ha dicho en Sobre la ciencia ficción (1982) que una cuestión inherente a la escritura de la ciencia ficción es la racionalidad científica. Con ello se quiere decir que escribir en los lindes de este género implica idear argumentos que tengan su peso específico, su lógica explicativa sin que se caiga en la erudición, tampoco en el ensayo académico. Lo que vale es la historia que se cuenta, pero que ella sea capaz de traducir rasgos de algún hecho que estaría latente y que se constituye como algo que marcará la vida de la humanidad. Aunque la idea de vencer a la muerte es vieja, no es un asunto baladí. Las pretensiones por ser inmortales, por ejemplo, han llevado a que hoy en día muchas sociedades –que también caben en el denominativo de sociedades de bienestar– desarrollen técnicas médicas, fórmulas químicas e incluso tecnologías que llevan al individuo a ampliar su margen de vida. Pero ¿vivir eternamente no es acaso un propósito del cual quisiéramos en un momento salir? O ¿qué pasaría si quisiéramos deshacernos del vecino al que odiamos por sus ideas? La pregunta por la diferencia radical en la historia planetaria en muchos casos ha sido resuelta, si no con asesinatos, con la guerra. Y para ello, tampoco bastan las armas reales, que en la ciencia ficción incluso se vuelven sofisticados dispositivos que tienen partes que para un ser humano de la antigüedad podrían pasar por mágicos, fantásticos o incomprensibles. Sin embargo, en estos dos argumentos, el de la inmortalidad y el del deseo de deshacernos de la alteridad radical, desde la racionalidad científica que supondría la ciencia ficción, más allá que se quiera explicarlos desde las lógicas del bien y del mal, los escritores deben estructurar líneas argumentales para que sus historias nos lleven a preguntarnos si es lo que como humanidad realmente deseamos. Dicho de otro modo, la literatura y más aún la ciencia ficción, tendría que al menos dejar un hilito de inquietud en la mente de las personas. Y esto es lo que comprobamos en muchas de las historias de este libro –aparte de los dos temas-argumentos que ya he adelantado en esbozar–.

Y si se cumple lo anterior, lo de la racionalidad científica “literaturalizada”, otra cosa que nos dice Asimov es que toda historia debe tener interés. De hecho, la ciencia ficción hoy provoca interés si está bien contada. Es verdad que hay quienes sostienen que la ciencia ficción es “fantasiosa” y la desdeñan. Es que seguramente su lectura ha traspasado el interés: es decir, está demasiado explicada, está demasiado detallada…, habría exceso, digamos “educativo”. Lo que más bien se persigue es estimular, como dice Asimov, la curiosidad, a la par del deseo de saber. En el libro, objeto de este artículo, se ha cuidado –se nota–, que los cuentos despierten curiosidad y abran puertas. Por lo menos lo siento así. Es claro que hay una variedad de cuentos, no todos tienen la misma espesura que los otros y esto debe quedar claro: los lectores seguramente tendrán sus preferencias, como sucede siempre con la lectura. Por mi parte, señalo que hay relatos que no dejan que apartemos la vista y nos incitan a que preguntemos a sus autores más de sus sueños y pesadillas. Y sobre el saber, por cierto, estaría lo relativo a las máquinas del tiempo, a los agujeros negros o de gusano, a la posible vida en mundos paralelos, a la noche estrellada en otros planetas, a los experimentos ya iniciados para hallar el átomo de la vida cósmica, entre otros.

Hay algo más que dice Asimov. Que la escritura de ciencia ficción debe tener y producir tonalidades de color, siendo el resultado “un vitral maravilloso con trozos de vidrio de color”. Claro está que él se refería a que todo cuento no debe ser plano y más bien tendría que tener, si bien claridad, variedad, conjugando paisaje, personaje, motivación y manejo poético. Con esto último se quiere decir que las palabras deben producir imágenes mentales, sentimientos, sorpresas: suspender el tiempo para entrar a otro tiempo y espacio. Esto es también comprobable en muchos cuentos de este libro, pese a que los escritores sean nóveles, es decir, estén haciendo sus primeras incursiones en el género y en la literatura. Auspiciamos el deseo de que no se queden en los primeros logros y exploren más, pues la ciencia ficción es un mundo impresionantemente inmenso, como el mismo universo que lo inspira. Y más allá de ello, hay que decir, lo que leemos si bien son piezas que tienen tono y color –y acá hago una extensión, con arreglo a Asimov–, su conjunto asemeja a un gran vitral de tonalidades y colores distintos. Por algo el título que no es casual: Perseidas: nuevo cuento ecuatoriano de ciencia ficción, que refleja, en cierta medida que cada meteoro, cada historia tiene su propia identidad, su propia personalidad, es decir, su matiz que le define.

Ahora bien, ¿cómo está constituido este libro? Decía los cuentos son de diferente factura, estilo y tratamiento. Voy a comentarlos brevemente uno a uno, aunque es probable que no estén dispuestos de la misma manera en la presentación formal. Por otro lado, mi lectura no constituye de ningún modo una clasificación ni preferencia. Lo que se intenta es que el lector descubra algo como yo lo hice.

En “El transmisor” de Carlos Arellano nos topamos con el viaje en el tiempo, mediante una máquina que nos lleva a un pasado pretérito. El encuentro acaso con alguien amado, o la posibilidad de llegar a encontrarse con alguien que se piensa conocido, desata la tensión de este cuento. ¿Realidad, locura, imaginación o pesadilla? Arellano juega en varios planos, intenta cuestionarnos si será posible el viaje real o si es producto de la mente. A veces la ciencia ficción nos descoloca con el hecho de que es posible evadirse del mundo presente, pero al mismo tiempo, saber que hay mucho más que eso.

En “Somos los primeros” de Álex Sotomayor aparece el implante que, colocado en el cerebro, se convierte en la extensión del portador. Alguna vez Marshall McLuhan ha postulado esto en Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano (1964): que los dispositivos a los que nos adosamos o los dispositivos que se adhieren a nosotros son extensiones de nuestra piel, de nuestro ser, es decir, son como los órganos por los cuales sentimos. Sotomayor parece partir de esta misma premisa, aunque su historia de pronto se torna siniestra, porque si hay un implante y no se quiere ya la cercanía de los cuerpos –pensemos hoy en el famoso “distanciamiento social”, comportamiento que emerge tras la pandemia–, es claro que al principio la cosa puede ser fascinante, y pronto un arma que puede ir en contra de su poseedor. ¿Controlamos a las tecnologías o ellas nos controlan?

En “Conexión” de Paola Orellana hay algo de extraño, pues la rutina de un viaje que se corta con un accidente nos lleva a una transmigración y con ello la conexión con otro planeta. No hay nada de esotérico en este asunto, aunque esto quiera interpretarse así, pero sí la pregunta por el uso de los cuerpos, por el paso de un cuerpo a otro, por la transformación posible en otra entidad. Hay historias sobre transmigraciones donde el cuerpo se vuelve útil y al mismo tiempo inesencial: lo que prevalece más bien es la idea de que el ser, el espíritu, puede recolocarse.

En “Arupos” de Francisco Carvajal hay algo que el distanciamiento cognitivo permite intuir: qué gobierno, qué grupo social, no quisiera deshacerse de los opositores, más aún cuando son ideológicamente “peligrosos”; claro está que este pensamiento es malicioso. Antes en Estados Unidos la persecución al comunismo llevó a una cacería que encarceló a quienes pensaban distinto o llevó al suicidio a otros. El poder cuando se cierne como una oscura atmósfera, cuando determina temerariamente la vida, conduce a que las sociedades busquen sus propias salidas. Vía distanciamiento cognitivo, Carvajal hace un ejercicio interesante, acaso terrorífico, cuyo centro es Ecuador. El único modo de deshacerse del opositor es la bomba atómica. Y como el poder siembra a la par la ignorancia, cierta gente celebra que por fin se ha encontrado el arma eficaz que matará “inteligentemente” a segmentos de la población no deseada. Alguna vez escuché de boca de algunos individuos de la derecha, supuestamente creyentes de la vida, que una buena bomba haría bien en Ecuador para hacer que ya no existan indígenas y grupos que perjudican a la economía, esto en el contexto de las protestas de octubre de 2019. Y qué se puede pensar con lo muchos hablan del arma biológica invisible que produjo la pandemia del 2020 y que suena al desate silencioso de la tercera guerra mundial. Sea lo que fuere, el cuento de Carvajal es perturbador. Y el novum es que, pese al desastre anunciado, hay siempre una inteligencia, más allá de la humana.

El cuento “El mismo firmamento” de Mayra Lema contiene cartas; es un relato epistolar. Una mujer escribe a su hermana; su deseo: mirar el firmamento. Y de pronto caemos en cuenta que hay algo de soledad, de paisaje crepuscular, de casas vacías, de algún ser que deambula como parte de esa soledad. Que quede claro que no es un cuento de terror, pero sí de universos paralelos como si las mismas cartas fueren las representaciones de un mundo que se cree conectado con el otro, pero que, en definitiva, son metáfora de que no es posible ver tal mundo otro.

“Los inmortales” de Fabián Flórez nos sitúa en un mundo posapocalíptico, con humanos sobrevivientes, androides y ciborgs. La cuestión es salvar el resto de la humanidad, pero ello está en manos de esos poshumanos, con sus propias inteligencias, con sus propias limitaciones. ¿Cabe preguntarse sobre el desarrollo de la conciencia y una ética en esas máquinas híbridas?

“Hacia un halo exoplanetar” de Cynthia Herrera apela a algo ya conocido: las abducciones y las comunidades de observadores de ovnis interesados en este asunto. Pero lo interesante es lo que se cuenta: una mujer, una abuela, relata a un niño, como si fuera un cuento fantástico, su experiencia, pero que en el fondo no es más que la historia de un encuentro y del nacimiento de algo más sublime. Contra las tesis sobre las abducciones que suponen experimentos con los humanos, Herrera demuestra otra cosa: aún no hemos comprendido la naturaleza de los abductores.

En “Aventura en una pompa de jabón” de Ángel Calle quizá sí hay algo de fantástico porque –intuimos–, su propuesta está dirigida a otro público, el infantil. Sin embargo, no cae en el círculo de lo pedagógico, sino que es un experimento, lo mismo que narra, para hacernos comprender lo que ya planteé antes: hay entidades extraterrestres que ven al humano como poco despierto a las profundidades del espacio exterior. Sí, puede ser que para el común de la gente haya planetas, estrellas…; para el narrador hay juguetonas entidades que guían y de las cuales posiblemente no nos percatamos.

“La Amenaza” de David Guevara, tal vez muy a tono de las historias sobre espionaje, sobre laboratorios donde están supuestos científicos, sobre el poder gubernamental que pretende hacerse de un arma, etc., nos lleva de la mano a una aventura trepidante. La intención es poner un mensaje ético. El cuento de Guevara, en efecto, implica decisiones por tomar con base a concienciar el camino correcto por seguir. Hoy que el ser humano pretende encontrar el origen de todo, cuando está a punto de hallarlo, debe tener claro hasta dónde llegar.

En el relato “Lo eterno” de Isabel Tamayo estamos en otro viaje, pero esta vez a un planeta cuya vida está extinguida. Lo que queda son edificios, algunos con alta tecnología. Pero la cuestión es: cuando hubo algo, tras algún desastre, ¿realmente todo se extingue? El tono de la historia es sugerente, infunde misterio, abre nuestro sentido a la observación de las cosas.

Finalmente, “Jueves de terapia” de Andrés Redrován es una historia que desconcierta porque contrapone la idea de la inmortalidad con el deseo de la muerte. No todos pueden acceder a las técnicas de la inmortalidad o, mejor dicho, no todos pueden vivir en ese mundo de plenitud tecnocientífica, porque esta oculta igualmente la enfermedad y, con ello, una industria. Redrován, sin embargo, dirige su mirada al enfrentamiento real con la muerte. En otras palabras, la suspensión de la muerte en un futuro próximo no implica que ella adquiera otro rostro.

Hasta acá el vitral de colores, vitral pintado con las luces de las Perseidas en alguna noche ecuatoriana. Los obrantes inspirados son una generación semilla que esperamos prospere. Perseidas: nuevo cuento ecuatoriano de ciencia ficción es la apuesta. (Iván Rodrigo-Mendizábal)

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