“Volver a la piel” de Porcayo: volver a lo sensible

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Una novela de ciencia ficción del mexicano Gerardo Horacio Porcayo, Volver a la piel (Fondo de Cultura Económica, México, 2019) nos hace reflexionar sobre la necesidad de volver a lo sensible.

Volver a la piel es sobre un individuo que, luego de un accidente, es “puesto” en otro cuerpo, acaso robótico, acaso no humano. Estamos en una isla en un futuro hipotético –el personaje dice confusamente que está en el 2025 o en el 2052, cuando está recuperando la memoria– en el que hay un centro médico, donde se ha hecho el procedimiento médico y aquel está convaleciente. En tanto, va teniendo conciencia, a su vez percibe que hay otros cuerpos o otros “yos” semejantes, lo que le induce a pensar que es mejor tener un cuerpo con piel a tener un cuerpo que no siente nada.

Volver a la piel tiene como referentes a La isla del doctor Moreau (1896) de H.G. Wells, así como La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares y, en otro caso, Frankenstein, el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley. Tales novelas nos remiten a la idea de la isla de experimentación o a la isla donde hay otro universo, quizá paralelo y, en el otro caso, a la construcción de un ser, empleando los artificios de la tecnociencia.

Porcayo sitúa su historia en una isla, planteando la idea de que en ella se establece ahora la utopía de la tecnomedicina –si cabe el término–, donde se realizan ciertos procedimientos médico-experimentales, solo accesibles para gente que tienen condiciones económicas idóneas para pagarse cualquier tratamiento con alta tecnología que incluye la clonación corporal y la transferencia de la memoria a otro recipiente. Tal nueva utopía tecnomédica a su vez sería un entorno donde todo lo que se hace bajo la hegemonía de una empresa que tiene el poder o la patente de tecnologías que prometerían la inmortalidad. De lo que se trata es sacar el cerebro y colocarlo en otro receptáculo, logrando así, que le vida se extienda. En el mundo futurista de Porcayo, la experimentación tecnocientífica ya no crea monstruos, sino que crea y domina la vida puesto que se tiene el poder mismo de las tecnologías.

Si la isla se plantea como un entorno para revivir, para experimentar con la vida, los cuerpos se vuelven también sujetos de ensayo, nombrados en la novela de “prototipos”. Es así que, en la isla, gracias a la clonación se producirían imágenes de los dobles por las cuales el protagonista de la novela debe entrar en una situación compleja que le lleva a la pregunta de si es posible volver a la condición humana natural. De este modo, Porcayo introduce ciertos temas como: la memoria, la conciencia de sí, la identidad, la necesidad o no de un cuerpo, lo sensible que permite la noción misma de la vida. La trama de la novela las concatena.

Partamos señalando que, en Volver a la piel, la identidad más que corporal, es de uno mismo. El que el personaje perciba otros cuerpos de sí, esos clones prototípicos, como extensiones, además como facciones fracasadas o facciones alteradas, implica que de pronto se cuestione acerca de si el cuerpo o la mente permite la identidad de sí, a sabiendas que los cuerpos duplicados contienen al mismo ser que supuestamente los origina. Un problema que prevalece es la tensión entre cuerpo, como materialidad, y conciencia de sí, que implica, por otro lado, lo cognitivo inmaterial. En la novela se ilustra la idea de que hay que aprender a manejar el nuevo cuerpo, pero también prevalece el hecho de que en alguna parte de la memoria traspuesta se mantiene el recuerdo de qué se siente tener un cuerpo, o se siente qué es respirar. Pues si el cuerpo es robótico, es evidente que la mente puede gobernar el cuerpo como si fuera una máquina, hecho que nos remite a las ideas de la cibernética –acá sería interesante recordar las tesis de Norbert Wiener en Cibernética o El control y comunicación en animales y máquinas (1948)–. Sin embargo, la cuestión no parece tan fácil, porque una cosa es gobernar el cuerpo y otra es tener sensación del entorno, pero no en los términos de contexto material: ¿hasta qué punto la máquina robótica o cibernética puede llegar, por ejemplo, al placer, a tener el sentimiento del amor, etc.?

De ser así, habría otro asunto, esta vez ligado a la mente, a lo que permite el sentido. La conexión entre mente y cuerpo es inherente, y posibilita el sentir, el desear, el extasiarse… Si hay una desconexión entre ambos, es evidente que el cuerpo se vuelve inútil, hecho que remite al estado “vegetal”, cuando se ha sufrido un accidente, o más aún se tiene conciencia, aunque el cuerpo no responde para nada a los comandos de la mente, como es el caso de individuos que sufren la esclerosis, es decir, un tipo de enfermedad degenerativa que afecta a las neuronas motoras, paralizando el cuerpo. El proceso de reaprendizaje con el nuevo cuerpo del personaje de la novela, luego de varias pruebas por varios años, implica que el experimento tiene una limitación. Pues la memoria contiene la conciencia de sí y de lo que se ha vivido, como si fuera un ADN conciencial y que reclama la conexión con el entorno natural, el cual, a su vez tiene sus propias determinaciones. Una idea que nace de este hecho es que el cuerpo no es solo una máquina orgánica, sino sobre todo la red que implica un sistema de nervios y órganos cuya exterioridad es la piel gracias a la cual es posible la sensación de vida, tal como afirmé. En otras palabras, lo que define a la vida humana es que es sensible con la naturaleza, y sensible en tanto tiene la piel como gran órgano sensitivo. La misma naturaleza tiene variedad de características que, gracias a la piel y los otros órganos sensoriales, es posible tener placer, amor, temor, etc.

Volver a la piel, por ello, remite a la idea de volver a la sensibilidad, a lo sensible y lo que estas palabras conllevan. Un cuerpo robótico o un cuerpo clonado no tendrían la memoria ni la identidad de sí como ser único, como ser en conexión con el universo. Porcayo, de este modo, hace una novela reflexiva muy particular en el contexto de la ciencia ficción: invita, mediante el drama de su personaje –no nos interesa ahora ni su procedencia, ni su capacidad económica…–, a concienciar que lo que nos hace es, en efecto, la piel: es a través de ella que somos y tenemos conocimiento de nosotros mismos y de lo que nos rodea.

Volver a la piel es una novela que hay que leerla con detenimiento, aunque el autor a veces juegue con el lector queriéndolo despistar. Es quizá una de las características del cyberpunk, subgénero en el que se inscribe Porcayo. (Iván Rodrigo Mendizábal)

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